Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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No sabía qué hacer. Me preguntaba si el conductor sería capaz de detener el coche y ponerme en la calle ignominiosamente. ¿Podría convencerlo de que era una mera víctima de mi distracción y no una aventurera que trataba de viajar gratis mediante un subterfugio? ¡Cómo deseaba que Alee o Alonzo estuvieran allí! Pero no iban a aparecer sólo porque lo deseara. Y no podía decidirme acerca de qué le diría al conductor cuando se acercara. Apenas componía una frase de explicación me daba cuenta de que nadie la creería y debía pensar otra. Me parecía que nada me quedaba por hacer, salvo confiar en la Providencia.

Precisamente en el momento crítico, cuando había abandonado toda esperanza y el conductor alargaba su caja frente al pasajero que me precedía recordé dónde había puesto la condenada moneda. Después de todo, no me la había tragado. Humildemente la saqué del dedo índice de mi guante y la eché en la caja. Sonreí, y sentí que el mundo era hermoso.






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