Ana la de La Isla
Ana la de La Isla La visita a «La Morada del Eco» fue una de las muchas cosas placenteras de aquellos días. Ana y Diana fueron por el camino de los bosques de hayas y llevaron una cesta con merienda. «La Morada del Eco», que había estado cerrada desde la boda de la señorita Lavendar, fue abierta otra vez a los vientos y al sol, y el fuego ardía en las habitaciones. El perfume de las rosas del florero de la señorita Lavendar aún flotaba en el aire. Parecía que en cualquier momento ésta aparecería a darles la bienvenida y que Charlotta IV asomaría a la puerta con su amplia sonrisa. También Paul parecía revolotear por los alrededores con sus fantásticas historias.
—Esto me hace sentir un poco como un viejo fantasma reviviendo antiguos tiempos —rió Ana—. Salgamos a ver si todavía hay eco. Trae el viejo cuerno. Todavía está detrás de la puerta de la cocina.
El eco todavía estaba sobre el blanco río, tan argentino y múltiple como siempre; y cuando cesó de contestar, las jovencitas echaron una última mirada a «La Morada del Eco» y regresaron, disfrutando de esa media hora perfecta en que se prolonga todo rosado atardecer invernal.