Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Mientras subÃa la escalera estudiaba lo que debÃa hacer. No era poca la consternación que sentÃa por lo que acababa de ocurrir; ¡qué desgracia que Ana hubiera mostrado tal carácter justamente frente a Rachel Lynde! Entonces Marilla, repentinamente, tuvo la desagradable y reprochable sensación de que sentÃa más humillación que pesar por haber descubierto un defecto tan serio en la personalidad de Ana. ¿Y cómo iba a castigarla? La amable sugestión de la varilla de fresno —de cuya eficiencia podÃan dar buen testimonio los hijos de Rachel— no venÃa al caso con Marilla. No creÃa poder pegar a una criatura con un bastón. No, habÃa que buscar otro castigo para que Ana comprendiera la enorme gravedad de su ofensa.
Marilla encontró a la niña acostada boca abajo sobre su lecho, llorando amargamente, completamente olvidada de que habÃa puesto sus botas sucias de barro sobre un limpio cobertor.
—Ana —dijo suavemente. Ninguna respuesta.
—Ana —esta vez con mayor severidad—, deja esa cama al instante y escucha lo que tengo que decirte.
Ana se arrastró fuera del lecho y tomó asiento rÃgidamente en una silla, con el rostro hinchado y lleno de lágrimas y los ojos fijos testarudamente en el suelo.
—¡Bonita manera de portarte, Ana! ¿No estás avergonzada?