Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Bien, veo que de ahora en adelante tendré que medir mis palabras, Marilla, ya que los sentimientos de una huérfana traÃda quién sabe de dónde tienen que ser considerados en primer lugar. Oh, no, no estoy ofendida, no se preocupe. Me da usted demasiada pena como para que pueda enfadarme. Ya tendrá usted sus propios problemas con esa niña. Pero si sigue mi consejo (lo que no creo que haga, a pesar de que yo he criado diez hijos y enterrado dos), le dará «la reprimenda» que ha mencionado con una vara de buen tamaño. Me parece que ése resultarÃa el mejor lenguaje para una criatura asÃ. Creo que su carácter compite con su cabello. Bueno, buenas noches, Marilla. Espero que venga a verme a menudo, como antes. Pero no espere que yo vuelva a visitarla otra vez, si estoy expuesta a ser insultada de esa forma. Es algo nuevo para mi experiencia.
Dicho esto, la señora Rachel descendió precipitadamente —si se puede decir que una mujer gorda es capaz de hacerlo— y se alejó. Marilla se dirigió hacia la buhardilla con una severa expresión en el rostro.