Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes El desayuno, el almuerzo y la cena pasaron en silencio, pues Ana permanecía obstinada. Después de cada comida, Marilla iba a la buhardilla con una bandeja llena y la volvía a bajar sin disminución notable. Matthew contempló el último descenso con ojos azorados. ¿Había comido algo Ana?
Cuando Marilla salió al anochecer a reunir las vacas, Matthew, que había estado en el establo a la expectativa, se deslizó dentro de la casa con el aire de un ladrón, subiendo al piso superior. Generalmente, Matthew andaba entre la cocina y su pequeño dormitorio cerca del vestíbulo; alguna vez entraba en la sala o en el comedor, cuando el pastor venía a tomar el té. Pero desde la primavera en que ayudara a Marilla a empapelar el dormitorio de los huéspedes, y eso había ocurrido hacía cuatro años, no se había aventurado a subir.
Cruzó el pasillo de puntillas y se quedó durante varios minutos ante la puerta de la buhardilla, antes de reunir valor suficiente para llamar suavemente y entreabrir la puerta.
Ana estaba sentada en la silla amarilla, junto a la ventana, contemplando tristemente el jardín. Parecía muy pequeña e infeliz, y a Matthew se le encogió el corazón. Cerró suavemente la puerta y se acercó de puntillas.
—Ana —murmuró como si temiera que le oyeran—, ¿cómo lo estás pasando?