Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—¿Bien? —dijo, entrando en el vestíbulo.

—Siento haberme enfadado y dicho cosas malas, y estoy dispuesta a decírselo a la señora Lynde.

—Muy bien. —El ceño de Marilla no daba señas de desarrugarse. Había estado meditando qué hacer si a Ana no se le ocurría ceder—. Te llevaré después de ordeñar.

Por lo tanto, después de ordeñar, cuesta abajo fueron Marilla y Ana; erguida y triunfante la primera, encogida y agobiada la segunda. Pero a mitad de camino, el agobio de Ana se desvaneció como por encanto. Alzó la cabeza y caminó con paso ágil, con los ojos fijos en el cielo crepuscular y un aire de reprimida alegría. Marilla contempló desaprobadoramente el cambio. Ésta no era la triste penitente que tenía que llevar a presencia de la ofendida señora Lynde.

—¿Qué estás pensando, Ana? —preguntó.

—Imagino qué le diré a la señora Lynde —contestó Ana soñadoramente.

Esto era satisfactorio, o debió haberlo sido. Pero Marilla no se pudo librar de la sensación de que su plan de castigo se desbarataba. Ana no tenía por qué parecer tan alegre y radiante.


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