Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Y así continuó hasta que llegaron a presencia de la señora Lynde, que estaba sentada tejiendo junto a la ventana. Allí desapareció la alegría y una triste penitencia apareció en todos sus rasgos. Antes de que se cruzara una palabra, Ana cayó de rodillas ante la azorada señora Lynde y alzó sus brazos implorantes.
—Oh, señora Lynde, estoy terriblemente avergonzada —dijo, con temblor en la voz—. Nunca podré expresar cuánto lo siento, ni aunque usara todo el diccionario. Imagínese, me he portado muy mal con usted y he hecho quedar mal a mis queridos Marilla y Matthew, que me permiten vivir en «Tejas Verdes» aunque no soy un muchacho. Soy una niña terriblemente mala e ingrata y merezco que se me castigue y se me aparte para siempre de la gente respetable. Hice muy mal en enfadarme porque usted me dijo la verdad. Era verdad; cada una de sus palabras lo fue. Mi cabello es rojo, tengo pecas, soy fea y flaca. Lo que yo le dije a usted era verdad también, pero no debí haberlo dicho. Oh, señora Lynde, por favor, perdóneme. Si se niega, será para mí una pena para toda la vida. A usted no le gustaría infligir a una pobre huérfana una pena para toda la vida, aunque ella tenga un carácter terrible, ¿no es cierto? Estoy segura de que no. Por favor, diga que me perdona, señora Lynde.
Ana juntó las manos, inclinó la cabeza y esperó la voz de la justicia.