Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Sobre su sinceridad no cabían dudas; cada palabra la expresaba. Tanto Marilla como Rachel reconocían el inconfundible acento. Pero la primera comprendió que Ana estaba disfrutando con su humillación; se divertía con todo aquello. ¿Dónde estaba el castigo que ella había previsto? Ana lo había transformado en una especie de positivo placer.
La buena señora Lynde, que no gozaba de una percepción tan aguda, no podía ver eso. Sólo percibía que Ana había pedido amplias disculpas y todo resentimiento se desvaneció de su buen corazón.
—Vamos, vamos, levántate, chiquilla —dijo cariñosamente—. Desde luego que te perdono. Creo que fui un poco dura contigo, de todas maneras. Pero soy una persona charlatana. No debes darme importancia, eso es. No se puede negar que tus cabellos son de un rojo intenso; pero yo conocía a una niña (fuimos juntas al colegio) que tenía el pelo tan rojo como tú cuando era joven, pero al crecer se le oscureció y llegó a ser de un hermoso castaño claro. No me sorprendería que a ti te pasara lo mismo, eso es.