Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Ana se puso en marcha intachablemente, engalanada con el vestido de raso blanco y negro, el cual, decente en lo que se refería a su largo, y sin merecer el apelativo de mezquino, contribuía a acentuar cada uno de los ángulos de su delgado cuerpecillo. Llevaba un sombrero de marinero nuevo, plano y brillante, cuya extrema chatura había igualmente desilusionado a Ana, que se había permitido soñar con cintas y flores. Sin embargo, puso unas cuantas de estas últimas antes de llegar al camino principal; habiéndose encontrado a mitad de la senda que bajaba al camino con un dorado brote de narcisos agitados por el viento y de rosas silvestres, Ana prontamente engalanó su sombrero con una abundante guirnalda. No importa lo que pensaran los demás del resultado, éste la satisfacía y bajó alegremente al camino irguiendo orgullosamente su roja cabeza decorada de rosa y amarillo.