Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Bueno, no es necesario que lo pienses tanto. Yo prepararé una cesta.

—¡Oh, mi querida y buena Marilla! ¡Oh, qué generosa es conmigo! ¡Oh, le estoy tan agradecida!

Continuando con sus «oh», Ana se arrojó a los brazos de Marilla y vehementemente besó su pálida mejilla. Era la primera vez que unos labios infantiles besaban voluntariamente la cara de Marilla. Nuevamente se sintió conmovida por esa repentina sensación de ternura. Interiormente estaba muy contenta por el arranque de Ana, lo que probablemente dio motivo a que dijera bruscamente:

—Bueno, bueno; basta ya de besos tontos. Tengo que ver que haces estrictamente lo que se te dice. Y en lo que se refiere a cocinar, un día de éstos comenzaré a darte lecciones. Pero tú eres tan distraída, Ana, que he estado esperando a ver si te calmas y te asientas un poco. Cuando cocines, tienes que poner todos tus sentidos y no detenerte en medio de lo que estás haciendo para dejar vagar tus pensamientos a través de toda la creación. Ahora trae tus labores y ten hecho tu cuadrado para la hora del té.


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