Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—No me gusta remendar —dijo Ana tristemente sacando su costurero y sentándose con un suspiro frente a una pequeña pila de rombos rojos y blancos—. Supongo que algunos tipos de costura serán bonitos; pero no hay campo para la imaginación en el remiendo. Todo se reduce a una puntada detrás de otra, y nunca parece llegarse a nada. Pero, por supuesto, prefiero ser Ana de las «Tejas Verdes» remendando, que Ana de cualquier otro lado sin más ocupación que jugar. Aunque quisiera que cuando remiendo, el tiempo pasara tan rápido como cuando estoy jugando con Diana. Oh, pasamos tan buenos ratos, Marilla. Yo tengo que poner la mayor parte de la imaginación, pero soy capaz de hacerlo con facilidad. Diana es simplemente perfecta en todos los otros órdenes. Ya conoce ese pequeño espacio de terreno del otro lado del arroyo que corre entre nuestra granja y la del señor Barry. Pertenece al señor William Bell y justo en la esquina hay un pequeño cerco de abedules blancos; es el lugar más romántico de todos, Marilla. Allí tenemos nuestra casa Diana y yo. La llamamos Idlewild. ¿No es un nombre poético? Le aseguro que me llevó tiempo el pensarlo. Estuve despierta casi una noche entera antes de inventarlo. Entonces, justo cuando me estaba quedando dormida, vino como una inspiración. Diana se sintió arrebatada cuando lo oyó. Tenemos arreglada nuestra casa muy elegantemente. Debe venir a verla, Marilla, ¿lo hará usted? Tenemos piedras grandísimas, cubiertas con musgo, que nos sirven de asientos; y tablas de árbol en árbol como estantes. Y en ellos ponemos todos nuestros platos. Por supuesto, todos están rotos, pero es lo más fácil del mundo imaginar que están enteros. Hay un trozo de un plato que tiene pintada una rama de hiedra roja y blanca que es especialmente hermoso. Lo guardamos en la sala, y allí también está el diamante encantado. El diamante encantado es tan adorable como un sueño. Diana lo encontró en el bosque que hay detrás del gallinero de su casa. Está lleno de arco iris y pequeños arco iris que todavía no han crecido, y la madre de Diana le dijo que se había desprendido de una lámpara que ellos habían tenido. Pero es más bonito imaginar que lo perdieron una noche las hadas en un baile, y por eso lo llamamos el diamante encantado. Matthew va a hacernos una mesa. Oh, hemos llamado Willowmere a la pequeña laguna que hay en el campo del señor Barry. Ese nombre lo saqué del libro que me prestó Diana. Era un libro que hacía estremecer, Marilla. La heroína tuvo cinco amantes. Yo estaría satisfecha con uno. ¿Y usted? Era muy hermosa y tuvo que hacer frente a grandes tribulaciones. Se podía desmayar como si tal cosa. Me encantaría poderme desmayar, Marilla. ¡Es tan romántico! Pero estoy demasiado sana a pesar de ser tan flaca. Aunque creo que estoy engordando. ¿No le parece? Me miro los codos todas las mañanas al levantarme para ver si se me están formando hoyuelos. Diana va a tener un vestido nuevo, con mangas abullonadas. Lo va a usar para la excursión. Oh, espero que el miércoles haga buen tiempo. Creo que no podría resistir la desilusión si algo me impidiera ir a la excursión. Supongo que seguiría viviendo, pero la pena me duraría toda la vida. No tendría importancia si fuera a cientos de excursiones en los años venideros; ellas no me compensarían el haber perdido ésta. Va a haber botes en el Lago de las Aguas Refulgentes, y sorbetes, como ya le he dicho. Nunca los he probado. Diana trató de explicarme cómo eran, pero creo que el sorbete es una de las cosas que sobrepasan los límites de la imaginación.


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