Ana la de Tejas Verdes

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—Ana, hace diez minutos que estás hablando —dijo Marilla—. Ahora, sólo por curiosidad, trata de ver si puedes tener la lengua quieta por ese mismo espacio de tiempo.

Ana calló según sus deseos. Pero durante el resto de la semana habló de la excursión, pensó en la excursión y soñó con la excursión. El sábado llovió, y se excitó tan frenéticamente por miedo a que continuara lloviendo hasta el miércoles, que Marilla le hizo coser y hacer remiendos de más para calmar sus nervios.

El domingo, cuando volvían de la iglesia, Ana le confió a Marilla que había llegado al colmo de la excitación cuando el ministro había anunciado la excursión desde el púlpito.

—¡Qué estremecimiento me corrió por la espalda, Marilla! No creo que hasta ese momento haya creído que realmente iba a haber una excursión. No podía evitar el temer que sólo me lo hubiera imaginado. Pero cuando un ministro dice una cosa desde el púlpito, no hay más que creerla.

—Pones demasiado corazón en las cosas, Ana —dijo Marilla suspirando—. Temo que te esperen muchas desilusiones en la vida.


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