Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Oh, Marilla, pensando en las cosas que han de suceder, se disfruta la mitad del placer que traen aparejadas —exclamó Ana—. Puede uno no conseguir las cosas en sà mismas, pero nada puede impedirle el placer de haberlas disfrutado anticipadamente. La señora Lynde dice: «Bienaventurados los que nada esperan porque no serán defraudados». Pero yo creo que es peor no esperar nada que ser defraudado.
Ese dÃa, como de costumbre, Marilla llevaba su broche de amatista. Siempre lo usaba para ir a la iglesia. Le hubiera parecido una especie de sacrilegio no hacerlo; algo tan pecaminoso como olvidar su Biblia o la moneda para la colecta. Aquel broche de amatista era el tesoro más preciado de Marilla. Un tÃo que era marino se lo habÃa dado a su madre, y ésta se lo legó a Marilla. Era muy antiguo, ovalado, contenÃa un mechón de cabello de su madre y estaba enmarcado por amatistas muy finas. Marilla sabÃa muy poco sobre piedras preciosas como para darse cuenta cabal de la pureza de las amatistas, pero pensaba que eran muy hermosas y tenÃa agradable conciencia de su resplandor violeta sobre su cuello, sobre su vestido de raso marrón, a pesar de que no podÃa verlo.
Ana se habÃa estremecido de admiración la primera vez que viera el broche.