Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No —contestó Ana solemnemente, mirando a los enojados ojos de Marilla—. Nunca saqué su broche de la habitación; ésa es la verdad, aunque tuviera que ir al patÃbulo por ello. Claro que no estoy muy segura de qué es un patÃbulo, pero no importa. Asà es, Marilla.
El «asà es» de Ana sólo pretendÃa dar énfasis a su afirmación, pero Marilla lo tomó como un desafÃo.
—Creo que me estás diciendo una mentira, Ana. Sé que eres capaz. Ahora, no digas una sola palabra más, a menos que sea la verdad. Vete a tu cuarto y quédate allà hasta que estés dispuesta a confesar.
—¿Puedo llevarme los guisantes? —dijo Ana dócilmente.
—No, yo terminaré de pelarlos. Haz lo que te ordeno.
Cuando Ana se hubo ido, Marilla realizó sus labores vespertinas con la mente turbada. Se hallaba preocupada por su valioso broche. ¿Y si Ana lo habÃa perdido? Y qué maldad la de la niña al negar que lo habÃa sacado, cuando cualquiera podÃa ver que lo habÃa hecho. ¡Y con una cara tan inocente!