Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —¡Por todos los santos! —dijo Marilla, saliendo apresuradamente de la habitación—. Creo que esta niña está loca. Ninguna criatura en sus cabales se portarÃa como ella. Y si no lo está, es terriblemente mala. Oh, temo que Rachel tenÃa razón desde el principio. Pero ya que estoy en esto, no abandonaré.
Aquélla fue una lúgubre mañana. Marilla trabajó enérgicamente y fregó el porche y la vaquerÃa cuando no encontró otra cosa que hacer. Ni el porche ni la vaquerÃa lo necesitaban, pero Marilla sÃ. Luego salió y rastrilló la huerta.
Cuando estuvo preparado el almuerzo, fue hasta las escaleras y llamó a Ana. Del otro lado del pasamano apareció una cara cubierta de lágrimas, de trágica apariencia.
—Ven a almorzar, Ana.
—No quiero almorzar, Marilla —dijo Ana sollozando—. No podrÃa comer nada. Tengo partido el corazón. Algún dÃa, espero, te remorderá la conciencia por haberlo roto, Marilla. Cuando llegue ese instante, recuerde que la perdono. Pero no me pida que coma nada, especialmente cerdo hervido y hortalizas. El cerdo hervido y las hortalizas son muy poco románticos cuando se tiene el corazón destrozado.