Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —SÃ, supongo que lo soy —asintió Ana tranquilamente—. Y sé que debo ser castigada. Su deber es hacerlo, Marilla. ¿Me harÃa el favor de sentenciarme ahora mismo, de manera que pueda ir a la excursión sin preocupaciones?
—Excursión, sÃ, sÃ, ¡Ana Shirley, no irás! Ése será tu castigo. ¡Y no es ni la mitad de severo de lo que te mereces!
—¡No ir a la excursión! —Ana saltó sobre sus pies y se aferró a la mano de Marilla—. ¡Pero si usted me prometió que sÃ! Oh, Marilla, debo ir allÃ. Para eso he confesado. CastÃgueme de cualquier otra forma, pero asà no. Oh, Marilla, por favor, déjeme ir. ¡Piense en los sorbetes! Quizá nunca más tenga oportunidad de conocerlos.
Marilla hizo caso omiso de las manos suplicantes de Ana.
—No tienes que rogarme, Ana. No irás a la excursión. Está decidido. Ni una palabra más.
Ana comprendió que Marilla era inconmovible. Juntó las manos, lanzó un grito desgarrador y se echó de bruces sobre la cama, llorando en un paroxismo de desilusión y tristeza.