Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Cogí el broche de amatista —dijo la niña como repitiendo la lección—, tal como usted dijo. No tenía intención de hacerlo cuando entré, pero era tan hermoso, Marilla, cuando lo prendí a mi pecho, que fui vencida por una tentación irresistible. Imaginé cuán estremecedor sería llevarlo a Idlewild y jugar allí a Lady Cordelia Fitzgerald. Sería mucho más fácil imaginarlo con un broche de amatista puesto. Diana y yo hacíamos collares de flores, pero ¿qué son las flores comparadas con las amatistas? De manera que cogí el broche. Pensé que podía devolverlo antes de que usted regresara. Di un rodeo para alargar el tiempo. Cuando cruzaba el puente sobre el Lago de las Aguas Refulgentes, me quité el broche para mirarlo otra vez. ¡Oh, cómo brillaba al sol! Y entonces, mientras estaba inclinada sobre el puente, se me escapó de las manos, así, y cayó, abajo, abajo, más abajo, con destellos purpúreos, y se hundió por siempre jamás en el Lago de las Aguas Refulgentes. Y ésa es la mejor confesión que puedo hacer, Marilla.

Marilla sintió que una ardiente indignación volvía a llenarle el corazón. Aquella chiquilla había cogido y perdido su querido broche de amatista y estaba allí tranquilamente sentada, relatando todos los detalles del hecho sin el menor arrepentimiento aparente.

—Ana, esto es terrible —dijo, tratando de hablar con calma—. Eres la peor niña que he conocido.


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