Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Pero mañana es la excursión —gritó Ana—. No me va a impedir ir, ¿no es así? ¿Me dejará salir por la tarde? Luego me quedaré aquí cuanto quiera, alegremente. Pero debo ir a la excursión.

—No irás a la excursión ni a ninguna otra parte hasta que no hayas confesado, Ana.

—Oh, Marilla.

Pero Marilla ya se había ido, cerrando la puerta.

El miércoles amaneció tan hermoso y brillante, que parecía ex profeso para la excursión. Los pájaros cantaban en «Tejas Verdes»; las lilas del jardín lanzaban oleadas de perfume que entraban por cada puerta y ventana en alas de invisibles vientos y vagaban por las habitaciones cual espíritus de bendición. Los abetos de la hondonada batían sus ramas alegremente, como si esperaran la acostumbrada bienvenida mañanera de Ana desde su buhardilla. Pero ésta no estaba en su ventana. Cuando Marilla le llevó el desayuno, la encontró sentada en su cama, pálida y resuelta, con los labios apretados y los ojos brillantes.

—Marilla, estoy dispuesta a confesar.

—¡Ah! —Marilla dejó la bandeja. Una vez más, sus métodos habían dado resultado, pero ese éxito le era amargo—. Escuchemos qué tienes que decir, Ana.


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