Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—He movido el mueble, he sacado los cajones y he revisado todos los rincones —fue la respuesta—. El broche no está y la niña lo ha cogido, mintiendo además. Ésa es la horrible verdad, Matthew Cuthbert.

—Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? —preguntó tristemente, agradeciendo en secreto que fuera Marilla y no él quien debiera afrontar la situación. Esta vez no tenía deseos de entrometerse.

—Se quedará en su habitación hasta que confiese —dijo hoscamente Marilla, recordando el éxito de ese método—. Entonces veremos. Quizá podremos recobrar el broche si nos dice dónde lo llevó; pero de todas maneras, deberá ser castigada severamente, Matthew.

—Bueno, te tocará a ti hacerlo —dijo Matthew cogiendo el sombrero—. Recuerda que nada tengo que ver en ello, tú lo dijiste.

Marilla se sintió abandonada por todos. Ni siquiera podía pedir consejo a la señora Lynde. Fue a la buhardilla con cara muy seria y de allí salió con cara más seria aún. Ana se negaba a confesar. Persistía en asegurar que no había cogido el broche. La criatura había estado llorando evidentemente y Marilla sintió un golpe de piedad que reprimió rígidamente. Al llegar la noche estaba, como decía, «molida».

—Te quedarás en tu habitación hasta que confieses, Ana. Puedes estar segura —dijo con firmeza.


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