Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Cuando tuvo los platos limpios, el pan amasado y las gallinas alimentadas, Marilla recordó haber visto un desgarrón en su chal de encaje negro al quitárselo el domingo por la tarde, cuando regresara de la Sociedad de Ayuda. Decidió remendarlo.

El chal estaba en una caja, dentro del arcón. Al sacarlo, la luz, cruzando por entre los ramajes que cubrían su ventana, incidió sobre algo prendido en el chal; algo que chispeaba con tonos violáceos. Marilla lo cogió: ¡era el broche de amatista!

—¡Por todos los santos! ¿Qué significa esto? Aquí está el broche y yo pensaba que estaba en el fondo de la laguna de Barry. ¿Qué quiso decir esa chiquilla cuando afirmó que lo sacó y lo perdió? Confieso que me parece que «Tejas Verdes» está embrujado. Ahora me acuerdo que el domingo por la tarde dejé el chal un minuto sobre el mueble. Supongo que el broche se enganchó.

Marilla se trasladó a la buhardilla, broche en mano. Ana había llorado hasta agotarse y miraba tristemente por la ventana.

—Ana Shirley —dijo solemnemente Marilla—. Acabo de encontrar mi broche colgando de mi chal de encaje negro. Ahora quiero saber qué significa esa historia que me has contado esta mañana.


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