Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Usted me dijo que me obligaría a quedarme aquí hasta que confesara —contestó Ana tristemente—, de manera que decidí confesar pues deseaba ir a la excursión. Pensé la confesión anoche después de acostarme y traté de hacerla lo mejor que pude. La repetí muchas veces para no olvidarla. Pero como a fin de cuentas usted no me dejó ir a la excursión, mi trabajo fue inútil.

Marilla tuvo que reírse, pero su conciencia la atormentaba.

—¡Ana, eres imposible! Pero yo estaba equivocada; ahora lo veo. Nunca debí haber dudado de tu palabra, pues sé que no mientes. Desde luego no estuvo bien de tu parte confesar algo que no habías hecho; hiciste muy mal. Pero yo te llevé a ello. De manera que si me perdonas, Ana, yo te perdonaré y empezaremos de nuevo. Y ahora, prepárate para la excursión.

Ana saltó como un cohete.

—Oh, Marilla, ¿no es demasiado tarde?

—No son más que las dos. Apenas si habrán terminado de reunirse y todavía pasará una hora antes de que tomen el té. Lávate la cara, péinate y ponte el vestido. Te prepararé la cesta. Hay bastantes provisiones en casa. Jerry te llevará en el coche hasta el lugar.

—¡Oh, Marilla —gritó Ana, volando al lavabo—, hace cinco minutos me sentía tan triste que deseaba no haber nacido y ahora no me cambiaría por un ángel!


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