Ana la de Tejas Verdes

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La señora Rachel se preciaba de decir siempre lo que pensaba; procedió a hacerlo ahora, habiendo ajustado su actitud mental ante estas noticias sorprendentes.

—Bien, Marilla, le diré claramente que pienso que está cometiendo un terrible error; una cosa arriesgada, eso es. No sabe usted lo que recibe. Trae a su casa y a su hogar a un niño extraño y no sabe nada sobre él, ni qué carácter tiene, ni qué padres tuvo, ni qué clase de persona resultará. Fíjese que sólo la semana pasada leí en el periódico que una pareja del oeste de la isla había adoptado un niño de un orfanato y éste pegó fuego a la casa la primera noche; adrede, Marilla, y casi los convirtió en cenizas cuando dormían. Y sé de otro caso de un muchacho adoptivo que acostumbraba sorber huevos; no pudieron conseguir que dejara de hacerlo. Si me hubieran pedido consejo sobre el asunto, les habría dicho que hicieran el favor de no pensar en tal cosa, eso es.

Este consuelo de Job no pareció ni alarmar ni ofender a Marilla, que siguió tejiendo tranquilamente.




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