Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Lo era. Otras personas aparte de Ana habían pensado así al dar con él. Era una estrecha senda llena de recovecos que bajaba de una gran colina justo entre los bosques del señor Bell, donde la luz llegaba a través de tantas pantallas color esmeralda, que era tan impoluta como el corazón de un diamante. En toda su extensión se hallaba guarnecida por delgados abedules de blancos troncos y flexibles ramas; helechos y estrellas, lirios, ramilletes escarlatas y cerezos silvestres crecían a lo largo; siempre había en el aire un delicioso aroma y en lo más alto de los árboles el canto de los pájaros y el murmullo y la risa de los vientos del bosque. De vez en cuando, si uno se quedaba quieto, se podía ver saltar un conejo por el camino, cosa que, en el caso de Ana y Diana, sucedía muy raras veces. Abajo en el valle, la senda desembocaba en el camino principal y desde allí hasta el colegio no quedaba más que la Colina de los Abetos.
La escuela de Avonlea era un blanco edificio de aleros bajos y anchas ventanas amueblado con cómodos y antiguos pupitres que llevaban esculpidos en las tapas las iniciales y jeroglíficos de escolares de tres generaciones. Las aulas estaban en el fondo y tras ellas había un oscuro bosque de pinos y un arroyo donde todas las niñas sumergían sus botellas de leche para mantenerlas frescas hasta la hora del almuerzo.