Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Cada mañana, Ana descendía por el Sendero de los Amantes hasta el arroyo. Allí se encontraba con Diana y las dos niñas subían por el sendero bajo el arco de los abedules —«¡los abedules son árboles tan sociables!», decía Ana; «siempre están susurrando y murmurándonos cosas»—, hasta que llegaban a un rústico puente. Allí dejaban el sendero y cruzaban el campo del señor Barry por la parte de atrás, pasando por Willowmere. Después de Willowmere venía el Valle de las Violetas, un pequeño hoyuelo verde a la sombra de los inmensos árboles del señor Andrew Bell.

—Por supuesto, ahora no hay violetas allí —le dijo Ana a Marilla—, pero dice Diana que hay millones en primavera. Oh, Marilla, ¿puede imaginárselas? Realmente quita el aliento. Lo llamé el Valle de las Violetas. Diana dice que nunca vio una capacidad como la mía para poner bellos nombres a todos los lugares. Es agradable tener inteligencia para algo, ¿no es cierto? Pero Diana inventó El Camino de los Abedules. Quiso hacerlo, de modo que la dejé; pero estoy segura de que yo podría haber hallado algo más poético que eso. Cualquiera puede pensar un nombre así. Pero El Camino de los Abedules es uno de los lugares más hermosos del mundo, Marilla.



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