Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Para Ana, eso fue el fin de todo. Era malo que la eligieran para castigarla de entre una docena de alumnos igualmente culpables; era peor que la hicieran sentar con un muchacho; pero que ese muchacho fuera Gilbert Blythe, significaba colocar insulto sobre insulto hasta un grado irresistible. Todo su ser bullía de vergüenza, ira e indignación.

Al comienzo, los otros escolares miraron, murmuraron, se rieron a escondidas y se dieron codazos. Pero como Ana no levantara la cabeza y Gilbert trabajara en los quebrados como si le absorbieran toda el alma, pronto volvieron a sus tareas y la niña fue olvidada. Cuando el señor Phillips llamó a la clase de historia, Ana debió haberse ido, pero la niña no se movió. Y el señor Phillips, que había estado escribiendo unos versos a Frísenla antes de llamar a la clase, luchaba con una rima rebelde y no se dio cuenta. Una vez, cuando nadie miraba, Gilbert cogió un pequeño corazón de caramelo con una leyenda dorada «eres dulce» y lo deslizó bajo la curva del brazo de Ana. De inmediato, la niña alzó la cabeza, tomó el caramelo cuidadosamente con la punta de los dedos, lo dejó caer al suelo, lo hizo polvo con el tacón y reasumió su posición, sin dignarse echar una mirada a Gilbert.



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