Ana la de Tejas Verdes

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Pero Ana no quería que le hablaran de Gilbert Blythe. Se puso de pie y sugirió que tomaran un poco de licor.

Ana miró en el segundo estante, pero allí no había trazas de licor. Una investigación más detallada lo descubrió en el estante superior. Ana lo puso sobre una bandeja y lo colocó sobre la mesa.

—Sírvete tú misma, Diana —dijo ceremoniosamente—. Yo no tengo muchas ganas ahora, después de todas esas manzanas.

Diana se sirvió una copita, miró admirada su color rojo vivo y luego lo sorbió delicadamente.

—Es un riquísimo licor de frambuesas, Ana —dijo—. No creí que supiera tan bien.

—Me alegro de que te guste. Bebe cuanto quieras. Yo iré a avivar el fuego. ¡Un ama de casa tiene tantas responsabilidades!, ¿no es cierto?

Cuando Ana regresó de la cocina, Diana bebía su segunda copa de licor y, ante la insistencia de su compañera, no ofreció mucha resistencia a la tercera. Las raciones eran generosas y el licor de frambuesas estaba realmente muy bueno.

—Es el mejor que he probado —dijo Diana—; es superior al de la señora Lynde, aunque ella alardee tanto del suyo.


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