Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Yo asegurarÃa que el licor de frambuesas de Marilla debe ser mucho mejor que el de la señora Lynde —comentó lealmente Ana—. Marilla es una cocinera famosa. Está tratando de enseñarme, pero te aseguro, Diana, que es un trabajo Ãmprobo. En el arte culinario hay muy poco campo para la imaginación. Uno debe ceñirse a las reglas. La última vez que hice una torta, me olvidé de echarle la harina. Estaba pensando algo muy hermoso sobre tú y yo. Imaginaba que estabas desesperadamente enferma de viruela y que todos te abandonaban, pero yo iba junto a ti y te cuidaba hasta que volvÃas a la vida y me contagiabas la viruela. Yo morÃa y me enterraban bajo los álamos del cementerio; tú plantabas un rosal sobre mi tumba y lo regabas con tus lágrimas y nunca, nunca jamás, olvidabas a la amiga de tu juventud que te sacrificó su vida. Oh, era una aventura tan patética, Diana. Las lágrimas me corrÃan por las mejillas mientras mezclaba los ingredientes para la torta. Pero olvidé la harina y la torta fue un terrible fracaso. Ya sabes que la harina es esencial en las tortas. Marilla se enfadó y pensé que soy un dolor de cabeza para ella. Se mortificó terriblemente por culpa de la salsa del budÃn de la semana pasada. El martes cenamos budÃn de ciruelas y sobró la mitad y un poco de salsa. Marilla dijo que quedaba suficiente para otra comida y me pidió que lo pusiera en el estante de la despensa y lo tapara. TenÃa toda la intención de hacerlo, Diana, pero cuando lo llevaba, imaginaba ser una monja —aunque soy protestante, imaginé que era católica— que vestÃa el hábito para enterrar en la clausura un corazón destrozado. Con todo eso, olvidé tapar la comida. A la mañana siguiente me acordé y corrà a la despensa. ¡Diana, imagina si puedes mi terrible horror al encontrar un ratón ahogado en la salsa! Saqué el animal con una cuchara y lo tiré al jardÃn, y luego lavé tres veces el cubierto. Como Marilla se hallaba ordeñando, pensé preguntarle cuando volviera si echaba el budÃn a los cerdos. Pero cuando regresó, yo soñaba ser el hada de la escarcha, que iba por los bosques trocando los colores de los árboles en rojo y amarillo, de manera que no volvà a pensar en el budÃn y Marilla me mandó a recoger manzanas. Bueno, el señor Chester Ross y su señora, de Spencervale, vinieron esta mañana. Sabes que son gente muy elegante, especialmente la señora. Cuando me llamó Marilla, la comida estaba preparada. Traté de ser todo lo bien educada posible, pues querÃa que la señora Ross pensara que era muy bonita, aunque no fuera guapa. Todo fue bien hasta que vi llegar a Marilla con el budÃn de ciruelas en una mano y la salsa en la otra. Diana, fue un momento terrible. Me acordé de todo, me puse de pie y grité: «Marilla, no debe servir esa salsa. Un ratón se ha ahogado ahÃ. Me olvidé de decÃrselo antes». Oh, Diana, nunca podré olvidar tan terrible momento. La señora Ross me miró y deseé que me tragara la tierra. Una ama de casa tan perfecta como ella, imagina lo que debe haber pensado de nosotras. Marilla enrojeció, pero no dijo nada… entonces. Se llevó el budÃn y la salsa y trajo dulce de fresas; incluso me ofreció una ración, pero yo no podÃa tragar bocado. Me ardÃa la cabeza. Después que se fueron los Ross, Marilla me echó una reprimenda terrible. ¿Qué te pasa, Diana?