Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Diana se habÃa puesto en pie con dificultad, luego se sentó y se cogió la cabeza con las manos.
—No… no me encuentro… muy bien —dijo con voz temblorosa—. Debo ir a casa.
—Oh, no debes ni pensar en ir a casa sin tomar el té —dijo Ana, afligida—. En seguida lo traeré.
—Debo ir a casa —repitió Diana, estúpida pero determinadamente.
—Come algo al menos —imploró Ana—. Déjame que te dé un trozo de torta y cerezas en almÃbar. Acuéstate un rato en el sofá y te sentirás mejor. ¿Dónde te duele?
—Debo ir a casa —dijo Diana, y no habÃa quien la sacara de ahÃ, por más que rogara Ana.
—Nunca vi que una visita se fuera a su casa sin tomar té —se quejó—. Oh, Diana, ¿crees que sea posible que estés con viruela? Si es asÃ, iré a cuidarte, puedes estar segura. Nunca te abandonaré. Pero me gustarÃa que te quedaras a tomar el té. ¿Dónde te duele?
—Estoy mareada.
Y, en verdad, su andar lo corroboraba. Ana, con los ojos llenos de lágrimas, fue a buscar el sombrero de Diana y la acompañó hasta la cerca del jardÃn de los Barry. Luego volvió sollozando hasta «Tejas Verdes», donde colocó tristemente en su lugar los restos del licor de frambuesas y preparó el té para Matthew y Jerry.