Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Marilla entró en la cocina, muy preocupada, dejando tras sí un alma muy triste. De pronto Ana salió; lenta pero determinadamente se dirigió al campo de los tréboles, luego cruzó el puente de troncos y luego los bosques, alumbrada por una pálida luna. La señora Barry, al acudir a la tímida llamada, halló en el umbral a una suplicante de labios blancos y ojos ansiosos.

Su cara se endureció. La señora Barry era una mujer de fuertes odios y prejuicios y su enfado era de esa clase fría y hosca que es la más difícil de vencer. Para hacerle justicia, diremos que creía sinceramente que Ana había emborrachado a Diana por malicia y estaba honestamente ansiosa de preservar a su hijita de la contaminación que significaba una mayor intimidad con una niña así.

—¿Qué quieres? —dijo secamente.

Ana juntó las manos en actitud suplicante.

—Oh, señora Barry, perdóneme, por favor. No tuve intención de… de emborrachar a Diana. ¿Cómo podría hacerlo? Imagínese que usted fuera una pobre huerfanita adoptada por gentes caritativas y tuviera una sola amiga del alma en el mundo. ¿Cree que la intoxicaría a propósito? Pensé que era licor de frambuesas. Oh, por favor, no diga que nunca más dejará que Diana juegue conmigo. Si lo hace, cubrirá mi vida con una oscura nube de tristeza.


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