Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No estoy esperando a una niña —dijo Matthew inexpresivamente—. He venido por un muchacho. DebÃa estar aquÃ. La señora de Alexander Spencer debÃa traérmelo de Nueva Escocia.
El jefe de estación lanzó un silbido.
—Sospecho que hay algún error —dijo—. La señora Spencer bajó del tren con esa muchacha y la dejó a mi cargo. Dijo que usted y su hermana la iban a acoger y que usted llegarÃa a su debido tiempo a buscarla. Eso es cuanto sé a ese respecto; y no tengo más huérfanos ocultos por aquÃ.
—No comprendo —dijo Matthew desvalidamente, deseando que Marilla estuviese a mano para hacerse cargo de la situación.
—Bueno, mejor pregunte a la muchacha —dijo descuidadamente el jefe de estación—. Me atreverÃa a decir que podrá explicarlo; tiene su propio idioma, eso es cierto. Quizá se les habÃan acabado los muchachos de la clase que ustedes querÃan.
Se marchó corriendo, pues tenÃa hambre, y el pobre Matthew quedó para hacer algo más difÃcil para él que buscar a un león en su guarida: caminar hasta una muchacha, una extraña, una huérfana, y preguntarle por qué no era un muchacho. Matthew gimió para sus adentros mientras se volvÃa y recorrÃa lentamente el andén.