Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Cuando llegó a Bright River no había signo de tren alguno; pensó que era demasiado temprano, de manera que ató el caballo en el patio del pequeño hotel del lugar y fue a la estación. El largo andén habría estado desierto, a no ser por una niña sentada sobre un montón de vigas en el extremo más lejano.
Matthew, notando apenas que era una niña, cruzó frente a ella tan rápido como pudo, sin mirarla. De haberlo hecho, no hubiera podido dejar de percibir la tensa rigidez y ansiedad de su actitud y expresión. Estaba allí sentada, esperando algo o a alguien y, ya que sentarse y esperar era lo único que podía hacer, se había puesto a hacerlo con todos sus sentidos.
Matthew encontró al jefe de estación cerrando la taquilla, preparándose para ir a cenar a su casa, y le preguntó si llegaría pronto el tren de las cinco y treinta.
—El tren de las cinco y treinta ha llegado y ha partido hace media hora —contestó el rudo funcionario—. Pero ha dejado un pasajero; una niña. Está sentada allí en las vigas. Le pedí que fuera a la sala de espera para damas, pero me informó gravemente que prefería quedarse afuera. «Hay más campo para la imaginación», dijo. Yo diría que es un caso.