Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Por fin estuvieron listas, sus mejillas rojas y sus ojos brillantes por la excitación.
En verdad, Ana no pudo evitar sentir algo de angustia cuando comparó su simple boina negra y su abrigo casero de tela gris uniforme y mangas apretadas, con el vistoso gorro de piel de Diana y su elegante chaquetilla. Pero recordó a tiempo que tenía imaginación y podía hacer uso de ella.
Los primos de Diana llegaron de Newbridge y todos juntos se amontonaron dentro de un gran trineo entre pajas y mantas adornadas con pieles. Ana disfrutó del viaje hacia el salón, deslizándose por los caminos suaves como el raso con la nieve ondulándose bajo los patines. Era un atardecer magnífico y las nevadas colinas y el agua azul oscuro del golfo St. Lawrence parecían recortarse contra el esplendor como un inmenso vaso perla y zafiro lleno de vino y fuego. De vez en cuando llegaba un tintinear de cascabeles y risas distantes que parecían ser símbolo de la alegría de los duendes del bosque.
—Oh, Diana —suspiró Ana apretando la enguantada mano de la niña por debajo de la manta de piel—, ¿no es todo esto como un hermoso sueño? ¿Realmente parezco la misma de siempre? Me siento tan diferente que creo que tiene que reflejárseme en la apariencia.