Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Sólo hubo un número en el programa que no le interesó. Cuando Gilbert Blythe recitó «Bingen en el Rin» Ana cogió el libro de Rhoda Murray y estuvo leyendo hasta que el muchacho terminó y tomó asiento, muy estirado e inmóvil, mientras Diana aplaudía hasta que las manos le escocieron.

Eran las once cuando regresaron, saciadas de diversión, pero anticipando el aún mayor placer de conversar sobre lo pasado. Todos parecían dormir y la casa estaba oscura y silenciosa. Ana y Diana entraron de puntillas a la sala, una habitación larga y angosta que daba al cuarto de huéspedes. Estaba agradablemente caldeada y apenas iluminada por las chispas del fuego del hogar.

—Desnudémonos aquí —dijo Diana—; está tan templado y es tan lindo…

—¿No ha sido una noche maravillosa? —suspiró Ana—. Debe ser maravilloso subir al escenario y recitar. ¿Crees que alguna vez nos pedirán que lo hagamos, Diana?

—Por supuesto, algún día. Siempre quieren que reciten los alumnos más grandes. Gilbert Blythe lo hace a menudo y es sólo dos años mayor que nosotras. Oh, Ana, ¿cómo pretendías no escucharle? Cuando llegó a la frase

Otra ha, no una hermana.

te miró directamente.


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