Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Diana —dijo Ana con dignidad—, eres mi amiga del alma, pero ni aun a ti puedo permitirte que me hables de esa persona. ¿Estás lista para acostarte? Echemos una carrera hasta la cama.
La sugerencia atrajo a Diana. Las dos pequeñas y blancas figuras cruzaron corriendo la habitación, pasaron la puerta del cuarto de huéspedes y se lanzaron sobre el lecho al mismo tiempo. Y entonces algo se movió debajo de ellas, se oyó un sonido entrecortado y un grito, y alguien dijo con apagado acento:
—¡Dios misericordioso!
Ana y Diana nunca pudieron explicarse cómo saltaron del lecho y salieron del cuarto. Sólo sabÃan que después de una frenética carrera se hallaron subiendo la escalera de puntillas, muertas de frÃo.
—¡Oh! ¿Quién era? ¿Qué era eso? —murmuró Ana castañeteando los dientes de frÃo y miedo.
—Era tÃa Josephine —dijo Diana ahogándose de risa—. Oh, Ana, era tÃa Josephine, aunque no sé cómo ha llegado hasta allÃ. Oh, sé que estará furiosa. Es terrible, realmente terrible, pero ¿has visto alguna vez algo tan gracioso, Ana?
—¿Quién es tu tÃa Josephine?