Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Sà —respondió Diana algo tiesamente, dirigiendo una aprensiva mirada por encima de su hombro hacia la puerta cerrada de la estancia—. Estaba temblando de rabia, Ana. Oh, cómo rezongaba. Dijo que yo era la niña más mal educada que habÃa visto y que mis padres debÃan estar muy avergonzados por haberme criado asÃ. Dice que no quiere quedarse. A mà no me importa. Pero a papá y a mamá, sÃ.
—¿Por qué no les dijiste que fue culpa mÃa? —preguntó Ana.
—No soy una acusica, ¿no es cierto? —dijo Diana con desdén—. No soy chismosa, Ana Shirley, y además soy tan culpable como tú.
—Bueno, iré a decÃrselo yo misma —expresó Ana con determinación.
—¡Ana Shirley, no lo harás! ¡Te comerá viva!
—No me asustes más de lo que estoy —imploró Ana—. PreferirÃa meterme en la boca de un lobo. Pero tengo que hacerlo, Diana. Fue culpa mÃa y tengo que confesar. Afortunadamente tengo mucha práctica en hacer confesiones.
—Bueno, está en ese cuarto —dijo Diana—. Puedes ir si quieres. Yo no me atreverÃa, y no creo que consigas nada bueno.