Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No lo sé, pero puedo imaginármelo —dijo Ana ansiosamente—. Estoy segura de que tiene que haber sido terrible. Pero también lo fue para nosotras. ¿Tiene usted imaginación, señorita Barry? Si la tiene, póngase en nuestro lugar. Nosotras no sabÃamos que hubiera alguien en esa cama y usted casi nos hizo morir del susto. Lo que sentimos fue simplemente espantoso. Y tampoco pudimos dormir en el cuarto de huéspedes a pesar de que nos lo habÃan prometido. Supongo que usted estará acostumbrada a dormir en cuartos de huéspedes. Pero imagÃnese cómo se sentirÃa si fuera una pobre huérfana que nunca hubiera tenido ese honor.
Para ese entonces habÃa desaparecido todo disimulo. La señorita Barry se rió con ganas. Un sonido que hizo que Diana, quien aguardaba silenciosa y ansiosamente fuera de la cocina, suspirara aliviada.
—Temo que mi imaginación está algo oxidada; hace tanto tiempo que no la uso… —dijo—. Me atreverÃa a decir que tu parte de razón es de tanto peso como la mÃa. Todo depende del cristal con que se mire. Siéntate aquà y háblame de ti.