Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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En aquel momento Marilla tuvo una revelación. El repentino pánico que se apoderó de ella le reveló cuánto había llegado a significar para ella Ana. Hubiera admitido que le gustaba, más aún, que le tenía mucho afecto. Pero mientras corría supo que esa niña era lo que más quería en el mundo.

—Señor Barry, ¿qué le ha sucedido? —murmuró más pálida y temblorosa de lo que nunca había estado la reservada y sensata Marilla.

La misma Ana contestó alzando la cabeza.

—No se asuste, Marilla. Estaba caminando por el tejado y me caí. Me parece que me he torcido el tobillo. Pero me podría haber roto el cuello, Marilla. Miremos las cosas por el lado bueno.

—Tendría que haber sabido que harías algo por el estilo cuando te dejé ir a esa fiesta —dijo Marilla, brusca y cortante en medio de su alivio—. Tráigala aquí, señor Barry, y acuéstela en el sillón. ¡Dios mío, la niña se ha desmayado!

Era verdad. Vencida por el dolor, Ana vio cumplido otro de sus deseos: se desmayó.

Matthew, a quien se mandó buscar rápidamente al campo de cultivo, fue directamente a buscar al médico, quien llegó a su debido tiempo para descubrir que el mal de Ana era más serio de lo que habían supuesto. El tobillo estaba roto.


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