Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Aquella noche, cuando Marilla subió a la buhardilla, donde yacÃa una niña de rostro muy blanco, una quejumbrosa voz le llegó desde el lecho.
—¿Está muy apenada por mÃ, Marilla?
—Fue culpa tuya —dijo Marilla bajando la persiana nerviosamente y encendiendo una lámpara.
—Precisamente por eso deberÃa tenerme lástima —dijo Ana—, porque el pensamiento de que todo fue culpa mÃa es el que torna el asunto tan duro. Si pudiera echarle la culpa a alguien me sentirÃa muchÃsimo mejor. Pero ¿qué habrÃa hecho usted, Marilla, si la hubieran desafiado a caminar por un tejado?
—Quedarme en tierra firme y dejar pasar el reto. ¡Vaya disparate!
—Pero usted tiene fuerza de voluntad, Marilla. Yo no. Sólo sentà que no podÃa soportar el desprecio de Josie Pye. Hubiera alardeado ante mà toda la vida. Y pienso que ya tengo tanto castigo, que no necesita estar enfadada conmigo, Marilla. Después de todo, desmayarse no tiene nada de lindo. Y el doctor me hacÃa muchÃsimo daño cuando me arreglaba el tobillo. No podré salir durante seis o siete semanas y me perderé la nueva maestra. Ya no será nueva cuando yo pueda ir a la escuela. Y Gil… cualquiera me aventajará en clase. Oh, estoy mortalmente afligida. Pero trataré de soportarlo todo valerosamente sólo con que usted no esté enfadada conmigo, Marilla.