Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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La señorita Harris pareció sorprendida, y con razón, al escuchar que un hombre pedía rastrillos para jardín en pleno mes de diciembre.

—Creo que hay uno o dos guardados, pero están arriba en el cuarto de los trastos. Iré a ver.

Durante la ausencia de la joven, Matthew reunió toda su energía para hacer un nuevo esfuerzo.

Cuando la señorita Harris regresó con el rastrillo y preguntó alegremente: «¿Algo más por hoy, señor Cuthbert?», Matthew reunió todo su valor y replicó:

—Bueno, ya que usted lo sugiere, podía llevar… eso es… mirar algún… comprar… algunas simientes.

La señorita Harris había oído llamar «extraño» al señor Cuthbert. En aquel momento llegó a la conclusión de que estaba completamente loco.

—Sólo tenemos simientes en primavera —explicó altivamente—. No tenemos nada a mano ahora.

—Oh, cierto, cierto… tiene usted razón —balbuceó el infeliz Matthew cogiendo el rastrillo y dirigiéndose hacia la puerta. Al llegar al umbral recordó que no lo había pagado y se volvió miserablemente. Mientras la señorita Harris estaba contando la vuelta, reunió sus fuerzas para hacer un último y desesperado intento.

—Bueno… si no es mucha molestia… quería… eso es… quería ver… un poco de azúcar.


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