Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Arreglaré a la señorita Ana cuando llegue a casa —dijo Marilla ásperamente mientras cortaba leña con un trinchante con más energÃa de la estrictamente necesaria. Matthew habÃa llegado y esperaba el té sentado pacientemente en su rincón—. Anda vagando por ahà con Diana, escribiendo historias, ensayando diálogos u otras tonterÃas por el estilo, y nunca piensa en la hora o en sus obligaciones. Tendrá que terminar de una vez por todas con esa clase de cosas. No me importa que la señora Alian diga que es la criatura más brillante y dulce que ha conocido. Puede ser dulce y brillante, pero su cabeza está llena de tonterÃas y nunca se sabe qué es lo que hará. En cuanto sale de una extravagancia se mete en otra. ¡Vaya! Heme aquà diciendo lo mismo que reproché que dijera a Rachel Lynde. Realmente me alegré cuando la señora Alian habló de Ana como lo hizo, porque de no haberlo hecho, sé que yo hubiera tenido que decirle algo muy violento a Rachel delante de todos. Sólo Dios sabe la cantidad de defectos que tiene Ana, y estoy muy lejos de querer negarlos. Pero soy yo quien la está educando y no Rachel Lynde, que le encontrarÃa faltas al arcángel Gabriel si viviera en Avonlea. Pero Ana no deberÃa haber abandonado la casa asà cuando yo le habÃa dicho que se quedara y se ocupara de todo. Debo decir que con todos sus defectos, nunca se habÃa mostrado desobediente o indigna de confianza antes, y lo de hoy me apena muchÃsimo.