Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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—Bueno, no sé —dijo Matthew, quien, paciente, discreto y, sobre todo, hambriento, había estimado que lo mejor era dejar que Marilla se desahogara, sabiendo por experiencia que ella terminaba mucho más rápido cualquier trabajo que tuviera entre manos si no se la interrumpía con argumentos inoportunos—. Quizá la estás juzgando muy pronto, Marilla. No digas que no es digna de confianza hasta que no estés segura de que te ha desobedecido. Quizá todo pueda explicarse; Ana lo hace muy bien.

—No está aquí cuando yo se lo indico —respondió Marilla—. Creo que le será muy difícil explicar eso a mi entera satisfacción. Por supuesto, sabía que te pondrías de su parte, Matthew. Pero soy yo quien la está educando, no tú.

Era ya oscuro cuando la cena estuvo lista, y Ana no aparecía corriendo apresuradamente por el puente de troncos o subiendo por el Sendero de los Amantes, sin aliento y arrepentida ante el sentimiento de deberes no cumplidos. Marilla lavó los platos y los guardó ásperamente. Luego, como necesitaba una vela para alumbrar el sótano, subió a la buhardilla a buscar la que generalmente se encontraba en la mesa de Ana. Al encenderla, se volvió para hallarse con que Ana estaba tendida en el lecho boca abajo, con la cabeza entre las almohadas.

—¡Dios misericordioso! —exclamó sorprendida—, ¿has estado durmiendo, Ana?


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