Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No —fue la ahogada respuesta.
—¿Estás enferma, entonces? —inquirió Marilla con ansiedad dirigiéndose hacia el lecho.
—No. Pero, por favor, Marilla, váyase y no me mire. Me encuentro sepultada en los abismos de la desesperación y ya no me importa quién sea el primero de la clase o escriba la mejor redacción o cante en el coro de la escuela dominical. Esas menudencias no tienen importancia ahora porque supongo que ya no seré capaz de ir a ningún lado otra vez. Mi carrera ha terminado. Por favor, Marilla, váyase y no me mire.
—¿Ha oÃdo alguien alguna vez algo como esto? —quiso saber la desconcertada Marilla—. Ana Shirley, ¿qué es lo que te ocurre?, ¿qué has hecho? Levántate ahora mismo y dÃmelo. Ahora mismo he dicho. Bueno, ¿qué es lo que pasa?
Ana se habÃa deslizado al suelo con desesperada obediencia.
—Mire mi cabello, Marilla —murmuró.
Marilla alzó la vela y observó escrutadoramente el cabello de Ana, que le caÃa sobre la espalda en pesados mechones. Ciertamente tenÃa una apariencia muy extraña.