Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Ana y Diana pasaban la mayor parte de su tiempo libre en la laguna. Idlewild pertenecía al pasado, pues el señor Bell había cortado sin compasión en primavera el pequeño círculo de árboles de su campo. Ana se sentó entre los tocones y lloró, sin dejar de anotar lo romántico del hecho, pero se consoló rápidamente, ya que, después de todo, como decían Diana y ella, las niñas grandes de trece años yendo para catorce, eran demasiado mayores para diversiones tan infantiles y en los alrededores de la laguna se podían practicar deportes fascinantes. Era espléndido pescar truchas sobre el puente y las dos niñas aprendieron a bogar en el botecillo de fondo plano que tenía el señor Barry para cazar patos.
Fue idea de Ana que dramatizaran «Elaine». Estudiaron el poema de Tennyson en la escuela durante el invierno anterior, pues el secretario general de Educación lo había prescrito para el curso de inglés en las escuelas de la isla del Príncipe Eduardo. Lo analizaron, desmenuzándolo en forma tal que era un milagro que al final conservara algún significado para ellas, pero por lo menos la rubia dama lirio, Lancelot, Ginebra y el Rey Arturo habían llegado a ser seres reales para ellas y Ana se sentía devorada por una secreta pena por no haber nacido en Camelot. Aquellos días, decía, eran mucho más románticos que los actuales.