Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes El plan de Ana fue apoyado con entusiasmo. Las muchachas habÃan descubierto que si se empujaba el bote fuera de su amarradero, derivaba con la corriente bajo el puente y finalmente encallaba contra otro promontorio, sobre una curva de la laguna. Muy a menudo hicieron ese camino y nada más a propósito para jugar a «Elaine».
—Bueno, seré «Elaine» —dijo Ana, accediendo de mala gana, pues, aunque le agradaba interpretar el personaje principal, su sentido artÃstico exigÃa aptitud fÃsica para él y sus propias limitaciones lo hacÃan imposible—. Ruby, tú serás el Rey Arturo, Jane será Ginebra y Diana, Lancelot. Pero primero deben ser los hermanos y el padre. No podemos tener al viejo servidor mudo porque no hay lugar para dos en el bote cuando una está echada. Debemos enlutar la barca con las más fúnebres colgaduras. Ese viejo chal negro de tu madre es exactamente lo necesario, Diana.
En cuanto obtuvieron el chal negro, Ana lo colocó dentro de la barca y se acostó encima, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho.
—Oh, parece realmente muerta —susurró nerviosamente Ruby Gillis, observando la carita blanca y quieta bajo las movedizas sombras de los abedules—. Me da miedo. ¿Os parece que está bien jugar a esto? La señora Lynde dice que todas las representaciones son abominables.