Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Sin esperar respuesta, se acercó al pilar y extendió su mano. No se podía hacer otra cosa; Ana tomó la mano de Gilbert, saltó al bote, donde se sentó, furiosa, envuelta por el chal goteante. ¡Por cierto que era muy difícil conservar la dignidad en tales circunstancias!
—¿Qué ocurrió, Ana? —preguntó Gilbert cogiendo los remos.
—Estábamos jugando a «Elaine» —explicó fríamente Ana, sin mirar siquiera a su salvador— y debía ir hasta Camelot en la balsa, quiero decir en la barca. Ésta comenzó a hacer agua y yo me subí al pilar. Las chicas han ido a buscar ayuda. ¿Será usted tan gentil como para llevarme hasta el embarcadero?
Gilbert la llevó gentilmente hasta allí, y Ana, despreciando la ayuda, saltó limpiamente a la costa.
—Le estoy muy agradecida —dijo secamente mientras se retiraba. Pero Gilbert también saltó del bote y la detuvo.
—Ana —dijo rápidamente—, mira. ¿No podemos ser buenos amigos? Siento muchísimo haberme reído de tus cabellos aquella vez. No quería ofenderte. Además, ¡ha pasado ya tanto tiempo! Me parece que ahora tus cabellos son muy lindos; de verdad. Seamos amigos.