Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Ana dudó un instante. Tenía la extraña sensación bajo su airada dignidad de que la expresión mitad tímida, mitad ansiosa de los ojos de Gilbert era algo digno de contemplar. Su corazón empezó a latir extrañamente. Pero la amargura de su vieja afrenta espantó la duda. Aquel momento de dos años atrás cruzó su mente tan vivamente como si hubiera ocurrido el día anterior. Gilbert la había llamado «zanahoria» frente a todo el colegio y aquello la había vejado. Su resentimiento, que para otras gentes parecería tan ridículo, no había palidecido con el tiempo. ¡Odiaba a Gilbert Blythe! ¡Nunca le podría perdonar!
—No —dijo secamente—. Nunca seré amiga suya, Gilbert Blythe. ¡No quiero serlo!
—¡Está bien! —Gilbert saltó al esquife con la ira en el rostro—. ¡Nunca le volveré a pedir que hagamos las paces, Ana Shirley! ¡Ni me importa, tampoco!
Se alejó rápidamente y Ana se fue por el camino abrupto bajo los abetos. Llevaba alta la cabeza, pero tenía una extraña sensación de tristeza. Casi deseaba haber contestado a Gilbert de otro modo. Desde luego, él la había insultado terriblemente, pero aun así… En resumen, Ana pensaba que sería un alivio sentarse y llorar. Se sentía insegura; empezaba a sentir la reacción del miedo.