Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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El viernes marcó el momento del regreso y el señor Barry fue a buscarlas.

—Bueno, espero que os hayáis divertido —dijo la señorita Barry al despedirla.

—De verdad que sí —afirmó Diana.

—¿Y tú, Ana?

—He disfrutado cada minuto —dijo Ana, echándole impulsivamente los brazos al cuello y besándole las arrugadas mejillas. Diana nunca se hubiera atrevido a hacer tal cosa y se sintió horrorizada ante el hecho. Pero a la señorita Barry le gustó y se quedó en el balcón hasta que desapareció el carricoche. Luego retornó a su casona con un suspiro. Parecía muy solitaria sin aquellas jóvenes. La señorita Barry era una anciana algo egoísta, a decir verdad, y nunca se había preocupado por nadie, excepto por ella misma. Valoraba a las gentes según le fueran útiles o la divirtieran. Ana la había divertido y, consecuentemente, gozaba de su estima. Pero la señorita Barry se encontró pensando menos en los curiosos discursos de Ana y más en su juvenil entusiasmo, sus cándidas emociones, sus modos y sus dulces labios y ojos.

—Pensé que Marilla Cuthbert era una vieja tonta cuando supe que había adoptado una huérfana del asilo —se dijo—, pero sospecho que no cometió ningún error después de todo. Si tuviera en la casa una niña como Ana, sería una mujer más feliz y mejor.


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