Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Oh, Marilla, era algo indescriptible. Estaba tan excitada que ni siquiera pude hablar, de manera que podrá imaginárselo. Me senté en un arrebatado silencio. Madame Selitsky era la belleza personificada y llevaba un vestido de raso blanco y diamantes. Pero en cuanto comenzó a cantar, no pude pensar en otra cosa. Oh, no puedo decirle cómo me sentÃa. Pero me parecÃa que ya nunca me serÃa difÃcil ser buena. TenÃa la misma sensación que cuando miro las estrellas. Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero ¡oh!, eran lágrimas de felicidad. Sentà tanto que terminara, que dije a la señorita Barry que no sabÃa cómo podrÃa volver a la vida normal. Ella dijo que creÃa que cruzar la calle hasta el restaurante y tomar un sorbete ayudarÃa mucho. Sonaba a prosaico pero para mi sorpresa hallé que era verdad. El sorbete estaba buenÃsimo, Marilla, y era muy agradable estar sentada allà tomándolo a las once de la noche. Diana dijo que se creÃa nacida para la vida ciudadana. La señorita Barry me preguntó cuál era mi opinión pero le dije que debÃa pensarlo seriamente antes de darle respuesta. De manera que lo pensé después de acostarme. Ése es el mejor momento para hacerlo. Y llegué a la conclusión, Marilla, de que yo no habÃa nacido para la vida ciudadana, y me alegraba. Está muy bien comer sorbetes en restaurantes brillantes a las once de la noche de vez en cuando; pero para todos los dÃas creo que es mejor estar en mi buhardilla a las once, profundamente dormida, pero sabiendo aun en sueños que las estrellas brillan fuera y que el viento sopla entre los pinos a través del arroyo. Se lo dije a la señorita Barry a la mañana siguiente a la hora del desayuno, y se rió. Se reÃa por regla general de todo cuanto decÃa, aun de las cosas más solemnes. No me gustaba mucho, pues no trataba de ser graciosa. Pero es una dama muy hospitalaria y nos trató regiamente.