Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes El torrente de lágrimas hubiera seguido, sin duda, si en aquel momento no hubiera aparecido Josie Pye. En la alegrÃa de ver una cara familiar, Ana olvidó el poco amor que le tuviera a Josie. Como parte de la vida en Avonlea, hasta una Pye era bienvenida.
—¡Estoy tan contenta de que hayas venido! —dijo Ana.
—Has estado llorando —dijo Josie, con agravante piedad—. Supongo que sientes nostalgia; algunos tienen muy poco autocontrol a ese respecto. Yo no tengo intención de sentir nostalgia. ¡La ciudad es tan hermosa después de la vulgar Avonlea! Pienso cómo he podido vivir allà tanto tiempo. No deberÃas llorar, Ana; no hace bien al cutis y los ojos y la nariz se te enrojecen. He tenido un dÃa magnÃfico en la Academia. Nuestro profesor de francés es un perfecto pato. Su bigote te darÃa risa. ¿No tienes algo comestible, Ana? Me estoy muriendo de hambre. Ah, sospeché que Marilla te cargarÃa con una tarta. Por eso vine. De otro modo hubiera ido al parque a oÃr tocar a la banda con Frank Stockley. Él se hospeda en el mismo lugar que yo y es un caballero. Te distinguió hoy en clase y me preguntó quién era esa muchacha pelirroja. Le dije que eras una huérfana que habÃan adoptado los Cuthbert y que nadie sabÃa mucho sobre ti antes de eso.