Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Sospecho que está cansada —dijo Matthew, quien no habÃa hablado desde que regresara del establo—. Mejor será que la acuestes, Marilla.
Marilla habÃa estado pensando dónde dormirÃa Ana. TenÃa preparado un canapé en la cocina destinado al deseado niño que esperaban. Pero aunque estaba limpio y pulcro, no parecÃa el lugar más apropiado para una niña. No se podÃa pensar en el cuarto de huéspedes para una niña desamparada, de manera que sólo quedaba la buhardilla del lado este. Marilla encendió una vela e indicó a Ana que la siguiera, lo que ésta hizo sin ningún entusiasmo. Al pasar junto a la mesa del vestÃbulo recogió su sombrero y su maletÃn. El vestÃbulo hacÃa gala de una limpieza que intimidaba y el pequeño cuarto en el que se encontró repentinamente le pareció a Ana más limpio aún.
Marilla colocó la vela sobre una mesa triangular de tres patas y apartó las frazadas.
—¿Tienes un camisón? —preguntó. Ana asintió.
—SÃ, tengo dos. Me los hizo la directora del asilo. Son terriblemente cortos. Nunca alcanza nada en el asilo, todo es escaso, por lo menos en un asilo pobre como es el nuestro. Odio los camisones cortos. Pero se puede soñar tan bien con ellos como con esos otros maravillosos que llegan hasta los pies y tienen volantes alrededor del cuello; es el único consuelo.